Pedir Limosna

Nepomucena Ziggal fue, probablemente, hija de la ciudad. Es por esta razón que tanto admiraba la región natal de la superiora M. Margarita. Contaba que siempre deseaba salir de la ciudad para ir al campo. Qué feliz se sentía cuando en las vacaciones de verano la Hna. superiora la llevaba consigo al campo, a la "zbirca" (viene de la palabra "juntar" frutos de la cosecha y otras cosas para las necesidades del asilo). Iban de pueblo a pueblo, de casa a casa. Las donaciones recibidas las llevaban a un campesino determinado, que conducía todo lo recogido con caballos, a Maribor.
En el camino hacia cada puebló rezaban, por sus habitantes, el rosario; en la mayor parte de las veces, delante de algún símbolo del Crucificado o alguna capilla con la imagen de María, que no faltaba en ningún pueblo; o bien delante de alguna estatua de los santos protectores de estos. ¡Cuántos de estos sagrados símbolos había entonces en esos lugares! Y sobre las colinas cubiertas de viñedos, las blancas iglesias con las campanas que tres veces al día invitaban al ángelus, y que en ocasión de distintos peligros del fuego, del rayo o de la piedra tocaban para pedir a Dios, por la oración, protección contra todo mal. En las llanuras y suaves declives había praderas, campos, huertas; entre el pasto flores de toda clase; pajaritos de toda clase, que nuestra superiora reconocía a todos por su canto. La Hna. Nepomucena los conocía sólo a través de los libros de la escuela. Alrededor de la casa había gallinas, gansos, pavos. Todo contaba, todo emitía sus voces que se mezclaban con los juegos de los chicos. En las praderas pastaban los caballos y los potros, vacas y terneros, chanchitos y ovejas, que daban suficiente lana para la vestimenta de invierno, tanto para los chicos como para los grandes. ¡Cuántas bellezas para los ojos y los oídos del hombre de la ciudad! ¡Y con qué respeto esa buena gente recibía a las Hermanas! Algunos veían a las religiosas por primera vez. Ocurría que los niños venidos con su mamá se ponían de rodillas, juntando las manitas, comenzaban a rezar. Por supuesto que nuestra Hna. superiora los persignaba, les regalaba medallitas, estampas.

En el programa de estas salidas para pedir limosnas, existía la regla no escrita para vivitar la casa parroquial del lugar y pedir hospedaje. Las recibían con alegría y las atendían; allí descansaban, asistían por la mañana a la misa, rezaban sus oraciones obligatorias y partían hacia otros lugares, fortalecidas en alma y cuerpo.

Durante estos viajes rezaban mucho, en voz alta, en silencio, juntas o por separado. En esto la Hna. superiora fue muy perseverante e ingeniosa. Rezaba a su manera, con sus palabras, saludando los sagrados símbolos de los pueblos, adomados con gusto especial, con flores de papel y flores campestres. La Hna. Nepomucena oyó por primera vez el rosario que rezaron de rodillas delante del gran crucifijo, hecho con una expresión bien conmovedora por algún artista del pueblo, autodidacta; en el rezo se clamaba en la petición: "Quien rechazado por el mundo y abandonado por el Padre Celestial murió en la Cruz por nuestros pecadoss"!

Conversaban rsaban las Hnas. entre ellas y también con la gente, aunque la Hna. Nepomucena no entendía la lengua.

Probablemente fue verdad lo que contaba a nosotras, las aspirantes, en Maribor, la tía de las cuatro hermanas Neuwirth: "Cuando las chicas, de nuestra casa traíamos a las Hermanas, algo para los chicos, nos gustaba tanto porque la Madre hablaba con nosotras en nuestro mismo dialecto, familiarmente". Lo contaba la Hna. Brigita Neuwrith.

Continuaba la "zbrica" normalmente durante toda la semana, día tras día, de un pueblo a otro -no tanto siguiendo el camino- sino a través de los campos y praderas, sembradas abundantemente con alfalfa en flor y florecillas silvestres: no me olvides, renúnculas, margaritas. Iban de una estancia a otra en la hermosa región Stajerska que nos dio el Obispo Slomsek, en la fundadora, a las Hermanas Educacionistas de Maribor. Para la gente de la ciudad y de los alrededores la visita de las religiosas era una gran novedad. Lo cuenta la Hna. Nepomucena Ziggal: "Cuando aparecíamos en as calles de Maribor, según la costumbre de entonces. de a dos, se abrían al principio las ventanas, luego, las puertas y la gente nos saludaban con respeto y alegría; penitentes. Respondíamos a todos con un amable saludo.

Nuestras salidas diarias eran para la iglesia, el negocio, el mercado y algunos lugares más. Ibamos siempre calladas. No nos estaba permitido mirara la gente que circulaba, ni detenemos ante las vidrieras. Rezábamos en silencio con el gran rosario que llevábamos colgado del cinturón, como parte del símbolo religioso (Observación de la Hna. Hedvika: Así fue hasta el Concilio, en que cambiamos de hábito). Pero cuando teníamos en casa ya más chicos y se multiplicaba el trabajo, la Hna. Superiora tomaba como acompañantes por la ciudad hasta dos niños, entre los de conducta menos ejemplar. Y pasó que una vez llegó a casa sin sus pequeños acompañantes. En la primera esquina, "los antiguos pajaritos sin nido", se volaron a la libertad. Sólo al atardecer los padres los encontraron en compañía de sus amigos y los devolvieron a la protección de las Hermanas.